La ciudad había sido fundada el 2 de marzo de 1561 por Pedro del Castillo, que la llamó Ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja”. El 28 de marzo de 1562 fue trasladada más hacia el oeste.

Ya había sufrido importantes terremotos, como los del 22 de mayo de 1782 y el de 27de octubre de 1804.

Nos cuentan las crónicas que “Mendoza quedó desbastada. Paralizada. Sumergida en un caos. Y aunque los temblores habían castigado históricamente la región, aquella «ciudad de barro» que tenía 300 años desde la llegada del español (2 de marzo de 1561), quedó hecha una gran montaña de adobes en solo unos segundos. Había que empezar de nuevo; y si bien los terremotos eran moneda corriente en nuestra provincia, a lo largo de tres siglos, nunca se había hecho absolutamente nada concreto para evitar la tragedia.”

Después del terremoto de 1861, Mendoza debió ser reconstruida en su totalidad. Para peor, la catástrofe encontró a la provincia envuelta en medio de una profunda crisis institucional que vivía el país. Eran los tiempos convulsionado de puja entre la Confederación y Buenos Aires zanjados en la Batalla Pavón durante setiembre de 1861 con el triunfo de Mitre.

El terremoto mendocino, aquel último día del verano de 1861, destruyó y devastó la capital provincial, causando la muerte de 4.247 personas y cerca de 1.000 heridos, entre una población estimada de 11.500 vecinos. Con estas cifras y daños, se lo considera al terremoto mendocino como una de las catástrofes más desastrosas de ese siglo en todo el mundo, y sin dudas la mayor hecatombe natural del país durante el siglo XIX. Mendoza fue arrasada, y a la desorientación política e institucional se sumaron incendios (que se prolongaron por casi una semana en forma ininterrumpida) epidemias, vandalismo y saqueos.