
Mauricio Macri fue confirmado presidente del PRO, pero es una confirmación condicionada por las fuerzas de Patricia Bullrich. Ratificando las precariedades de la hora actual, quien fuera presidente de Juntos Por el Cambio, ve menguado su rol. La teoría de las máscaras aplicada a la política obliga, hasta a los más distraídos, a prestar atención a los vaivenes de una época fugaz y elástica.

Nada es definitivo, todo es provisorio, como en la teoría de lo absurdo o por aplicación de los conceptos de la “sociedad líquida” el conservadurismo liberal (eso es el PRO) se debate entre apoyar a Javier Milei o sucumbir a su total disgregación.

Bullrich jaqueando a Macri, empujo candidaturas y con Damian Arabia y el legislador porteño Juan Pablo Arenaza como puntas de lanza, jugó a fondo en el cierre de las listas al punto de que las figuras del PRO coincidieron en que la ministra «tiene los votos, la imagen y el poder central» por estar en el Gobierno, ¿?.

Para intentar equilibrar la cancha, Macri abrió los cargos partidarios a los gobernadores de Entre Ríos, Rogelio Frigerio, y de Chubut, Ignacio Torres, que además serán los presidentes en sus respectivas provincias.
La salida encontrada en esta nueva composición ofrece una faz positiva, pero los efectos colaterales pueden ser desastrosos. La faz positiva consiste en una unidad de todos los actores posibles en la participación de una especie de consejo de conducción que en realidad se resumen a dos personas, Macri-Bullrich.

Los efectos colaterales que ennegrecen el horizonte, podrían precipitar con granizo si los diversos “intereses” de esta unidad despiertan con reclamos parecidos al de Ignacio Torres con la corpaticipación o a la situación de Pullaro con la seguridad.
Tal vez, resulte interesante el análisis del ex asesor de Macri, Jaime Duran Barba cuando habla sobre los peligros cercanos que amenazan al PRO. Pero hoy es lo que hay.


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