Como muchas otras cosas para entender los motivos debemos remontarnos a los antiguos romanos.

En el Imperio Romano, los ciudadanos se reunían durante el mes de enero, para rendir homenaje a Janu, el dios que “mira hacia adelante y hacia atrás”. Durante esta jornada despedían el año y daban la bienvenida a uno nuevo. La festividad era organizada en comunidad, donde los romanos preparaban grandes banquetes para compartir con su familias y amigos.

Jano, central en la romanidad, simboliza la dualidad y la totalidad cósmica. Su culto refleja el paso del tiempo y la transición entre opuestos.

Y es eso, esta medianoche nos enancamos en lo viejo que se va y lo nuevo que viene con la esperanza de ser mejor, de perseguir sueños no cumplidos.

El papa Gregorio XIII implementó el anuario que todos conocen en Occidente para corregir un error de cálculo en el calendario anterior que, si bien era mínimo, terminó provocando un desfase de 10 días para la celebración de las Pascuas.
https://www.milenio.com/internacional/cual-es-la-historia-del-calendario-gregoriano

Pero fue, el Papa Gregorio XIII, en 1582, cuando introdujo el calendario gregoriano, que sustituyó al juliano. De esta manera, se estableció el 1 de enero como el inicio del año nuevo y se decidió trasladar la celebración de Nochevieja al 31 de diciembre, es decir, durante el día anterior.

Uvas de la suerte: para la última noche del año son las 12 uvas que nos tomamos con cada campanada cuando dan las 12 de la noche y entramos en un nuevo año.

Durante esta noche, es común realizar rituales que buscan atraer la buena suerte y dejar atrás las malas energías. Las celebraciones en esta fecha suelen estar marcadas por cenas festivas, fuegos artificiales y grandes reuniones con amigos y familiares, mientras se aguarda con ansias la medianoche.

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