Leopoldo Marechal allá por el 1948 al publicar su Adán Buenosayres, nos tira a la cara toda una simbología que nos pone frente al espejo de lo que somos y que frecuentemente no queremos ser.

No voy a ser yo quien analice su obra, ya que lo han hecho suficientemente hombres de verdadera jerarquía literaria y a los que respeto mucho. Sin embargo, mi espíritu transgresor me obliga a echar algunas parrafadas sobre la impresión que abrió en mi alma la lectura del Adan Buenosayres. Esa rara avis literaria que puede confundir a quien no pueda penetrar el espíritu de un habitante de una ciudad como Buenos Aires.

Hacerse cargo de la dualidad, el travestismo impúdico y vergonzoso, la debilidad de la cobardía y el valor de la resignación, son circunstancias a las que no siempre estamos dispuestos a pensar desde la ideología de lo perfecto, de lo heroico, desde la comodidad de las cosas hechas por otros.

Vivir el desgarro de la vida, como una toma de decisiones permanentes, sin descanso so pena de tener que soportar la “no vida”, es lo que inspira, a mi modesto juicio, la obra marechaliana.

Y la no vida es dejarse arrastrar por la corriente, la no vida solo responde al cuerno que llama al sacrificio y que se acepta en nombre del dios haragán y con rasgos canibalescos.

En Cacodelphia encontramos a amigos y parientes, a las autoridades que exigen el respeto de las leyes confeccionadas por amanuenses del poder, a los apóstoles de la biblia junto al calefón, en fin nadie escapa a esa mirada que con ojos neblinosos nos enfoca hasta el fondo. No pudo Marechal esquivar su entorno y a sí mismo que como Adán transita ese Buenos Aires, este Buenos Aires, que es eterno en el sueño del mediocre que se cree diferente porque viste a la moda.

NOTA: La Buenos Aires invocada con nostalgia de tranvía se extiende hasta los nuevos límites de un conurbano cada vez más prolífico y caotico.