Escribe: Leo González (*)

 Yo nací y vivo acá, en el mismo barrio de siempre, de calles de tierra en la localidad de El Jaguel. Hoy, sólo la nostalgia, las crónicas de antaño o las luchas de algunos, mantienen ese místico “que se yo” y ese encanto que se resiste a declinar ante el olvido de aquellos, que siendo depositarios de la confianza de un pueblo, tras las urnas, optaron más por sus ego que por el amor al terruño.

La inseguridad, el peor infierno que nos ha condenado a nosotros los vecinos a estar tras las rejas, no da tregua. Es preferible un zorro y sus crías en el campito del country, a una balacera en la entrada escolar (la viví en el barrio La Morita). Nuestros policías mientras tanto, hacen lo que pueden, arreglando frenos de los patrulleros y baños de las seccionales, con dinero de su propio bolsillo, dinero que lejos está de sobrarles por supuesto. El estado vial, tan calamitoso y aberrante, cual paisaje lunar, llegó a su punto más triste con el fallecimiento de Francisco y Alexis a causa de un bache eterno. Las bolsitas de productos “que se entregan pero que se venden”, siguen oprimiendo a los que sufren, así como el que advierte a comedores y merenderos: “si ellos te ayudan, olvídate de que te bajemos la cocina” (igual es mentira que le iban a traer la cocina). Los “incentivos” deshumanizantes de mil quinientos pesos a trabajadores municipales en pleno 2025 por ejemplo, es sólo una muestra que nos lleva a la pregunta: ¿cómo viven?. La respuesta, señores pregonadores de la “justicia social”, es por la hermandad del pueblo y la mano divina que no suelta nunca. Aguanten los barrios.

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