El Éxodo Jujeño fue una de esas gigantescas empresas que nacen de la plena conciencia de sus creadores en un fin superior, una causa suprema, una pasión por la patria y su pueblo.

Los realistas amenazaban el norte, San Martín se aprestaba a la máxima hazaña sudamericana incomparable.

Había que dejar la tierra arrasada para que el ejército español  no tenga refugio en una casa, ni comida ni agua. Con la retirada hacia Tucumán el Ejército del Norte, comandado por el general Manuel Belgrano, y la población de San Salvador de Jujuy —que abandonó completamente la ciudad y sus campos— como respuesta estratégica ante el avance del Ejército Realista proveniente desde el Alto Perú y cuya retaguardia fue protegida por el mayor general Eustaquio Díaz Vélez, resistiendo el acoso enemigo.

Jujuy era una ciudad pequeña pero, gracias a su ubicación en la desembocadura de la Quebrada de Humahuaca, era un centro de tránsito obligado entre las provincias del Alto Perú -y aún más hacia el norte de ellas con el importantísimo Virreinato del Perú- y el Río de la Plata. La confluencia con el Altiplano entre las «provincias de arriba» y las «provincias de bajo», le daba un dinamismo comercial y generaba trabajo para sus habitantes.

Ante el avance del ejército español y la desidia de los terratenientes que no querían pelear con España y solo querían hacer negocios Belgrano dictó un bando dirigido a todo el pueblo de Jujuy, disponiendo la retirada:

La orden especificaba que la retirada debía dejar solo campo raso frente al enemigo, de modo de no facilitarle casa, alimento, ganado, mercancías ni cosa alguna que le fuera utilizable. Los cultivos fueron cosechados o quemados, las casas destruidas, y los productos comerciales enviados a Tucumán. El rigor de la medida debió respaldarse con la amenaza de fusilar a quienes no cumplieran la orden.

La población acató sin mayores actos la medida a partir de los primeros días de agosto, demorándose algo más los vecinos pudientes, que requirieron de Belgrano carretas para transportar sus bienes. Ante los reclamos que le hiciera el Teniente Gobernador de Salta el 31 de julio, Belgrano le escribía al día siguiente:

Del éxodo participaron aproximadamente 1500 personas de un total de 2500 a 3500 con que contaba la ciudad y jurisdicción de Jujuy. El pueblo jujeño, al igual que el del resto del antiguo Virreinato del Río de la Plata, estaba muy dividido entre los que apoyaban a los patriotas partidarios de la Revolución de Mayo y los que se mantenían leales a la continuidad del sistema virreinal.

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