La mujer pobre muerta, su cuerpo desarmado sobre el piso. El bebé prendido a ella y dos figuras “heroicas”, el médico Manuel Argerich -descendiente de Cosme- y el hombre de leyes José Roque Pérez surgiendo a contraluz, observándola parados en medio de una habitación miserable de fines del siglo XIX en el barrio Alto (hoy San Telmo, en el siglo XIX un área de conventillos e inmigrantes).

La epidemia de fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires surgió en un contexto histórico caracterizado por el crecimiento nacional y la  inmigración, fundamentalmente de origen europeo. Si bien se mantenía en cierta forma la tensión internacional, la Guerra de la Triple Alianza había finalizado y los soldados heridos estaban regresando a la ciudad.

La enfermedad se conocía endémica en Brasil, y habían existido brotes previos en Argentina. Pero esta epidemia, por sus características, marcó un antes y un después en la historia de la ciudad. Su masividad y letalidad colapsó intempestivamente el sistema sanitario, que era más bien pobre y precario, y estaba en recuperación de la epidemia de cólera que había afectado tres años antes a alrededor de 5000 personas. En poco tiempo la fiebre amarilla produjo horror y pánico. Quienes pudieron alejarse del lugar, lo hicieron; incluso se culpó a los inmigrantes de haber traído la enfermedad. El terror sembró las calles, y la situación se tornó catastrófica. Se estima que en pocas semanas causó la muerte de aproximadamente el 8% de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires.

Dice Felippe Pigna sobre el origen de la epidemia “El nombre dado a la “reina del Plata” no dejaba de asombrar a los visitantes extranjeros que apenas se alejaban de los ricos y elegantes salones podían percibir que no eran justamente buenos aires los que se respiraban en aquella ciudad que crecía desordenadamente y que según el censo de 1869 tenía casi doscientos mil habitantes. No había recolección de residuos y los basurales abundaban particularmente en los “barrios bajos” que tenían el raro privilegio de acumular desechos propios y extraños.”

Desde 1881, gracias a las investigaciones del cubano Carlos Juan Finlay, se describe en detalle a la enfermedad como una zoonosis. Antes de esa fecha, los médicos atribuían la causa de muchas epidemias a lo que llamaban miasmas, emanaciones fétidas de aguas impuras que se suponía flotaban en el ambiente. ​

Los primeros casos de esta enfermedad —a la que se le solía llamar «vómito negro» debido a las hemorragias que produce a nivel gastrointestinal— aparecieron en la región del Río de la Plata a mediados de la década de 1850: en 1852 provocó una epidemia en Buenos Aires. Sin embargo, por una nota dirigida al practicante Soler, se sabe que hubo brotes antes de ese año; de hecho, la primera mención de una posible infección de esta enfermedad data del año 1798.