El 13 de noviembre de 1818, desde Santiago de Chile, San Martín anuncia a los peruanos el pronto arribo a sus playas y lo hace así: “Yo no voy a entrar en ese territorio para destruir, el objeto de esta guerra es el de conservar y facilitar el aumento de la fortuna de todo hombre pacifico y honrado. Vuestra suerte feliz está ligada a la prosperidad e independencia de la América”.

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Con la Expedición Libertadora convergiendo sobre el Perú, San Martin despliega su genio con visión humanística. De estricta formación castrense, general victorioso, llevó la guerra a tierras hermanas para darles la libertad y luego retirarse sin ser su caudillo ni su opresor. Estadista, organizador de pueblos, multiplica su acción para consolidar la independencia y conformación institucional de la nueva república, con actos de civismo, ética y justicia que ganan para siempre el corazón de los peruanos.

Una actitud que merece ser destacada de su personalidad es la de desarraigar los abusos que degradan la dignidad del hombre, para ello procede a abolir la pena conocida con el nombre de azotes, declara que será castigado severamente todo juez, maestro o cualquiera que aplique ese castigo, nadie podrá azotar a un esclavo y un juez territorial solo podrá aplicar castigos correccionales moderados como encierros, prisiones y otra clase de privaciones. Condenando todo acto de tortura, ordena tapiar los sótanos de la Inquisición y demoler los calabozos y subterráneos, llamados también infiernillos, en los que se atormentaba a los presos.  

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