LULA REELECTO. UNA SEÑAL PARA SUDAMÉRICA
UNA ADVERTENCIA PARA MILEI Y UNA OPORTUNIDAD PARA LA ARGENTINA

Dr. Jorge Alberto González
Director General


Para nosotros Brasil es un socio comercial fundamental, un mercado indispensable para numerosas actividades industriales y un vecino con el que compartimos intereses estratégicos. Detrás del intercambio bilateral hay fábricas, empleos, autopartes, vehículos, bienes de capital y producciones agroindustriales. La integración, por lo tanto, no debe limitarse a comprar y vender; debe servir para ampliar nuestra capacidad productiva, desarrollar tecnología, fortalecer las empresas nacionales y generar trabajo argentino.


Por eso resulta incomprensible una política exterior que subordina la relación con nuestros vecinos a las afinidades personales o a las disputas ideológicas de sus presidentes.


El gobierno actual mantiene un alineamiento con Estados Unidos, pero claramente no hay reciprocidad en esta relación, sino más bien una subordinación. A punto tal que ha desaprovechado oportunidades con Brasil, China, la India y otras economías relevantes. La política exterior de un país no debe organizarse alrededor de las preferencias de un mandatario, sino de los intereses permanentes de la Nación.


La cuestión de Malvinas permite observar esta diferencia en un terreno especialmente sensible.


Durante la campaña brasileña, Lula exhibió públicamente una prenda con la consigna “Las Malvinas son
argentinas”. Es más, ayer, en los festejos de su reelección, volvió a verse una bandera con esa inscripción.


Estos gestos tienen valor político y expresan una solidaridad con el reclamo argentino que no puede
reducirse a una coincidencia partidaria.

Durante la campaña brasileña, Lula exhibió públicamente una prenda con la consigna “Las Malvinas son
argentinas”. Es más, ayer, en los festejos de su reelección, volvió a verse una bandera con esa inscripción.


Frente a esos gestos, corresponde examinar la conducta efectiva de la diplomacia argentina. El gobierno de Milei ha reiterado oficialmente el reclamo de soberanía, pero también impulsó en 2024, mediante el entendimiento anunciado por la entonces canciller Diana Mondino con el Reino Unido, una agenda que incluía la reanudación de vuelos y cuestiones pesqueras, entre otros asuntos vinculados con las islas.


Es necesario revisar esos acuerdos que van a contramano de la doctrina clásica de nuestra Cancillería, mantenida de manera ininterrumpida desde el comienzo del reclamo (tanto por gobiernos constitucionales como de facto), especialmente cuando la explotación de recursos naturales continúa siendo parte de la disputa. La defensa de Malvinas no se mide solamente por las declaraciones presidenciales: exige evaluar qué se negocia, qué se obtiene y qué intereses quedan protegidos.


La reelección de Lula también importa por su posición internacional. Brasil forma parte de los BRICS y procura conservar márgenes propios de decisión en un escenario mundial atravesado por la disputa entre grandes potencias. Eso no significa que deba romper relaciones con Estados Unidos ni que todas sus decisiones sean necesariamente convenientes para la Argentina. Significa comprender que las naciones con capacidad de desarrollo buscan ampliar sus alternativas, diversificar sus vínculos y evitar que una sola potencia determine sus posibilidades económicas y políticas.


En este punto, merece recuperarse un antecedente de Sergio Massa. En 2023, como ministro de Economía, impulsó las gestiones para que la Argentina ingresara a los BRICS y participó en reuniones con Lula y Fernando Haddad destinadas a profundizar los vínculos económicos y financieros entre ambos países.

Massa mantenía, al mismo tiempo, relaciones institucionales con representantes de Estados Unidos. Esa combinación expresa una cuestión fundamental, ya que dialogar con Washington no obliga a renunciar a otras oportunidades internacionales.


El pragmatismo, cuando está orientado por un proyecto nacional, es la capacidad clave para negociar con distintos actores sin perder de vista los intereses propios. La Argentina recibió la invitación para ingresar a los BRICS, pero Milei anunció en diciembre de 2023 que el país no se incorporaría al bloque.


La relación entre Lula y el peronismo también tuvo una expresión concreta en julio de 2019, cuando Alberto Fernández viajó a Curitiba para visitarlo en la prisión donde permanecía detenido. En aquel momento, Fernández cuestionó su encarcelamiento y defendió públicamente su derecho a recuperar la libertad. La decisión no fue un gesto protocolar, porque asumió un costo político y provocó una reacción adversa de sectores vinculados al gobierno de Jair Bolsonaro. El posterior desempeño de Fernández en la Presidencia puede y debe evaluarse por sus propios resultados, pero eso no invalida el significado de aquella visita.


Las reacciones ante la reelección brasileña muestran, además, que la relación con Lula no es un asunto exclusivo de una corriente del peronismo. Cristina Fernández de Kirchner celebró el resultado; Massa destacó la trayectoria del dirigente brasileño, su apuesta por la industrialización y la defensa de los
recursos; y Axel Kicillof lo interpretó como una señal política frente al avance de la derecha regional. Sus
diferencias internas no desaparecen por estas coincidencias, ni sus respectivas concepciones económicas
deben confundirse. Pero el hecho de que dirigentes con posiciones distintas reconozcan la importancia
de Brasil constituye un punto de partida para discutir una política nacional de integración.


También resulta significativo el mensaje de Martín Llaryora, gobernador de Córdoba, quien destacó las oportunidades de crecimiento y cooperación entre ambos países y puso el acento en la integración, la producción y el trabajo. Su posición recuerda que la relación con Brasil no interesa solamente a quienes comparten una identidad política con Lula. Es una cuestión concreta para las provincias, sus industrias, sus trabajadores y sus economías regionales. La integración debe ser una política de Estado capaz de reunir a diferentes expresiones del peronismo y a otros sectores que comprendan la importancia de defender los intereses productivos argentinos.


De cara a las elecciones argentinas de 2027, la reelección de Lula abre una discusión que el peronismo no debería reducir a la celebración de un resultado extranjero ni a la expectativa de que el desgaste del oficialismo se traduca automáticamente en votos.


Massa, Cristina y Máximo Kirchner ocupan lugares distintos en la estructura política y de poder del movimiento. Los gobernadores, por su parte, representan realidades territoriales y productivas que no pueden quedar subordinadas a las disputas de la dirigencia nacional. Reconocer esa diversidad no significa desconocer los conflictos internos; significa comprender que cualquier proyecto nacional necesita articular conducción política, capacidad de gestión, organización territorial y una propuesta económica que responda a los problemas reales de la sociedad.


La Argentina dispone de recursos naturales, trabajadores calificados, universidades, científicos, capacidad industrial y experiencia productiva. Sin embargo, esas condiciones no garantizan por sí solas el desarrollo. Hace falta una orientación económica que promueva el agregado de valor, proteja y modernice la producción nacional, amplíe los mercados, fortalezca la infraestructura y distribuya los frutos del crecimiento. La relación con Brasil puede contribuir decisivamente a ese objetivo si se la concibe como una alianza para producir y desarrollar capacidades, y no como una simple oportunidad comercial.


El peronismo tiene una tradición histórica vinculada con la justicia social, la independencia económica, la soberanía política y la integración continental. No alcanza con invocar esa tradición ni con repetir sus consignas. Es necesario traducir esos principios a los problemas de nuestro tiempo, explicar cómo se convierten en políticas concretas y construir una propuesta que pueda ser comprendida también por las generaciones que no vivieron las grandes transformaciones de la Argentina industrial.


La victoria de Lula no resuelve los problemas argentinos ni determina el futuro electoral del peronismo, pero deja una señal política relevante. Brasil ha decidido continuar con un rumbo propio y mantiene abierta la posibilidad de profundizar sus vínculos regionales. La Argentina debe decidir si aprovecha esa oportunidad para fortalecer su producción, su autonomía y su capacidad de negociación, o si permite que sus diferencias ideológicas con el gobierno brasileño limiten una relación estratégica.


La política exterior debe servir para defender los intereses argentinos.
La soberanía no se proclama solamente en los discursos,
se ejerce mediante decisiones económicas, diplomáticas y políticas
que amplían la capacidad de una Nación para determinar su propio destino.