El 22 de febrero de 1844 – Argentina: Por decreto del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, queda abolido y prohibido el juego de Carnaval.

Para evitar los desbordes, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, dispuso en 1836 que el Carnaval se realizara con las puertas de las casas cerradas. Pero la medida no logró evitar los atropellos y, el 22 de febrero de 1844, Rosas prohibió el Carnaval en todas sus manifestaciones.
Sarmiento fue un defensor del carnaval, de los bailes y de los festejos. Siendo presidente, debió suspenderlos por el flagelo de la fiebre amarilla.

Desde tiempos inmemoriales, la iglesia se desveló por erradicar esta costumbre pagana. Ya lo había intentado con las Saturnales, la fiesta romana en honor a Saturno, el rey de la agricultura. Tenía lugar cuando finalizaba la cosecha, los ánimos se distendían para dar rienda suelta a días de alegría y de fiesta desenfrenada. Todo estaba permitido, desde las bromas más inocentes hasta las más pesadas; muchos se disfrazaban y eran aceptadas las chanzas de los esclavos hacia sus amos. Hasta se suspendían las condenas a muerte.
La iglesia logró que los festejos tuvieran lugar antes del inicio de la Cuaresma.

Con la resolución de Rosas quedó sellada por largo lapso la suerte del carnaval. A los porteños que amaban sanamente las diversiones, les quedaba el consuelo de leer subrepticiamente la nota aparecida en El Mercurio de Santiago de Chile el 10 de febrero de 1842, en la cual Sarmiento –su autor- exiliado a la sazón, tras atacar con su espíritu combativo al “carnaval de Rosas”, recordaba entre nostálgico y jovial aquellas jornadas anteriores al advenimiento del régimen federal.
“¿Quién ha olvidado aquella alegría infantil –escribía Sarmiento- en que haciendo a un lado la máscara que las conveniencias sociales nos fuerzan a llevar en el largo transcurso de un año mortal, se abandonan a las inocentes libertades del Carnaval?”.


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